Te propongo un sencillo ejercicio: Siente tu cuerpo por unos segundos. Inspira lenta y profundamente y espira con la intención de soltar toda tensión que puedas tener acumulada. Repite esta forma de respirar tres veces. Siente ahora las diferencias en tu cuerpo respecto a la vez anterior. Seguro que notas que algo ha cambiado, que ahora serías capaz de percibir más sensaciones.

Vivimos en una maravillosa sociedad, en la que a diario se nos recuerda que debemos ser más efectivos, que somos mejores si hacemos más cosas, más rápido que el resto y con menos tiempos improductivos. Y esto que aplicado al trabajo se ha convertido en una regla de oro para ser más competitivo, lo exportamos a nuestra vida personal, a las tareas domésticas, a las apretadas agendas con los amigos, a la educación de nuestros hijos y hasta a las vacaciones.

Y sin darnos cuenta, mantenemos este ritmo durante años y años. Queda tan arraigada esta actitud, que cuando estamos sin hacer nada nos encontramos incómodos, como si estuviésemos haciendo algo malo, y nos apresuramos a hacer algo, aunque no sea del todo necesario en ese momento.

Las consecuencias de esta actividad constante y rápida son, por una parte, la incapacidad de cambiar ese frenesí, por un estado sereno y consciente. Por otra parte, llegamos a estar tan acelerados que el fin que perseguíamos, la productividad, se pierde por falta de foco en lo que hacemos, por intentar hacer muchas cosas a la vez y no poder hacerlas adecuadamente, lo que nos hace caer en la frustración. Y a todo esto con un gasto energético que nos extenúa.

Un ejemplo fácil de entender: sería como conducir habitualmente un coche, en el que hace tiempo se nos quedó pisado y bloqueado el acelerador, y como no sabemos cómo desbloquearlo y a la mayoría de los coches les pasa lo mismo, hemos llegado a creer que es lo normal. Del consumo de gasolina que esto implica, mejor no hablamos.

¿Qué podemos hacer para parar esto? Muchas cosas, una muy fácil es meditar. Que además tiene la ventaja de que una vez que aprendes, es fácil, es gratis y puedes hacerlo casi en cualquier lugar y a cualquier hora.

Siguiendo el símil del coche, es retomar la libertad de poder elegir parar el coche, ponerlo al ralentí, a pocas, o a muchas revoluciones, conscientes en cada momento de las revoluciones y de la posibilidad de parar.

¿Recuerdas el cambio que experimentaste con tres respiraciones? ¿Te imaginas el que se puede experimentar con cien, o con …?

Te invito a repetir el ejercicio del principio de nuevo y a que experimentes las diferencias.

Te invito a que lo hagas varias veces al día y a que experimentes cómo cambia el día a partir de ese momento.

Yo lo he experimentado. Por eso yo medito (I meditate)

Te invito a que medites con nosotros, siempre que quieras y a que experimentes los cambios.

Namasté


 


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