Hace ya unos 12 años toqué fondo. La gota que colmó el vaso fue el diagnóstico de una enfermedad degenerativa en la columna vertebral que me provocaba unos terribles dolores con los que lidiaba cada día, entre pinchazo y pinchazo de cortisona. El pronóstico fue muy claro: los ataques serán cada vez más frecuentes e intensos, y no había cura. Este fue el último capítulo de una pesadilla que ya duraba demasiado.

En esos momentos, para las personas que me rodeaban yo era el ejemplo del éxito. Estudiante aplicada y entusiasta, había compaginado la Universidad con diferentes actividades laborales dentro de la banca y las telecomunicaciones. Y no había terminado el Master cuando ya tenía mi propia empresa. Con apenas treinta años tenía una familia maravillosa, una casa de ensueño, un deportivo y una empresa puntera.

Lo que nadie sabía era que, después de alcanzar el “éxito”, había entrado en una depresión y había empezado a enfermar: cólicos nefríticos, parálisis facial, embolia pulmonar, entre otras “anécdotas”. Y, sobre todo, por encima de todo, unas terribles ganas de no levantarme por la mañanas y enfrentarme a otro día.

¿Qué me había pasado? ¿Qué había cambiado? ¿Dónde estaba esa chica que, sin tener nada más que una pasión y energía desbordantes, se ponía al mundo por montera?.

Lo único que había cambiado eran mis pensamientos, la “historia” que yo me contaba. Durante muchos años me había dicho a mi misma que podía con todo, que era especial, que podría conseguir todo aquello que me propusiera… ese era mi diálogo interior. Y cuando realmente llegué a alcanzar todo aquello que me había propuesto llegó el miedo.

No había ningún peligro real ni inminente, por lo que me di cuenta de que el miedo no lo provocan las circunstancias, ¡de hecho nunca había tenido mejores circunstancias!, sino nuestro pensamiento acerca de ellas.

Este miedo provocado por un pensamiento compulsivo e inconsciente, activaba constantemente los mecanismos del estrés en mi organismo, hasta que el estrés se hizo crónico y empezaron a llegar las enfermedades.

Podría haber recurrido, como muchas de las mujeres que me rodeaban, ejecutivas maravillosas pero desbordadas, a tomar ansiolíticos y antidepresivos para huir de una “realidad” que siempre me estaría esperando, mientras los efectos secundarios de la medicación fueran haciéndose peores que la propia depresión. Pero decidí tomar la decisión de buscar otra alternativa.

Entonces, después de analizar numerosos estudios científicos sobre el poder de la mente, en un intento por comprender cómo había llegado a ese punto y cómo salir de ahí, llegué a estas conclusiones:

  1. El pensamiento es creativo
  2. El pensamiento es responsable de nuestra calidad de vida, tanto a nivel físico como emocional, ya que la salud y las emociones están íntimamente relacionadas
  3. El pensamiento no se puede controlar. ¿Podrías decirme cuál va a ser tu próximo pensamiento?…

A través de mi propia experiencia directa entendí:

  1. Yo no soy mis pensamientos. Los pensamientos son “algo que me pasa a mí”. Por eso, puedo observarlos.
  2. La única forma de cambiar mis pensamientos y, por tanto, mi vida, es tomar consciencia de ellos cuando aparecen… Es decir, dejar de identificarme con ellos y decidir si me los creo
  3. Los pensamientos estresantes se originan por una visión distorsionada de la realidad
  4. La realidad de la vida no es tan terrible como lo que pensamos acerca de ella. Y muchas veces es precisamente nuestro propio pensamiento el que provoca aquello que queremos evitar
  5. Para ver la vida de una forma más realista y amable, salirte del condicionamiento mental que te limita, y empezar a vivir la vida que mereces, es necesario un entrenamiento mental
  6. No he conocido ningún entrenamiento mental más sencillo, eficaz y poderoso que la meditación

¿Por dónde empezar?

Por algo tan sencillo como esto:

Cada día, al levantarte, decide tomarte entre 10 y 30 minutos (ves aumentando el tiempo según puedas) para sentarte cómodamente, si es posible con la espalda recta y las manos apoyadas en el regazo, y cierra los ojos.

Realiza unas cuantas respiraciones lentas y profundas, inhalando y exhalando por la nariz, llevando el aire al abdomen con cada inhalación, notando cómo se expande, y soltando todo el aire en cada exhalación.

Después, permite que tu respiración recupere su ritmo normal, sin tratar de cambiarlo en absoluto y lleva la atención a la respiración, sólo toma consciencia de cómo el aire entra y sale de tu cuerpo. Puedes observar la respiración en el abdomen, tomando consciencia de su movimiento al inhalar y exhalar, o bien llevar la atención al flujo del aire en el interior de las fosas nasales, como prefieras.

Cuando te des cuenta de que tu atención ha sido “secuestrada” por un pensamiento, simplemente y de forma serena, vuelve a llevar la atención hacia tu respiración.

Posiblemente te lleguen muchos pensamientos, ¡es normal!. No importa cuántos lleguen ni cuántas veces pierdas la atención en tu respiración. Limítate a volver una y otra vez a llevar tu atención hacia la respiración, amablemente y sin juzgar.

¿Piensas que no tienes tiempo para esto?

¡Es sólo un pensamiento boicoteador!. Si no tienes tiempo para meditar, lo tendrás para sentirte mal ;). Es sólo la inercia de una mente no entrenada… ¡no te lo va a poner fácil al principio!. En el próximo artículo hablaremos de las “agujetas mentales” que posiblemente vayas a experimentar… De momento sólo ten en cuenta que, cualquier pensamiento que te aparte de tu práctica es sólo eso: ¡agujetas!.

Empieza a coger el mando y decide empezar con esta práctica hoy. ¡Ten paciencia y no te rindas! Entrénate como si te fuera la vida en ello.

 

Por Úrsula Calvo para Women’s Health. También puedes leer el artículo aquí:
 Europa Press


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