La queja: el desahogo que ahoga



“Ya no aguanto más…”, “Me harta que sea tan injusto”, “Lo peor de todo, es que nadie es capaz de ver la verdad…”, “No me escucha”, “¿Soy la única persona que piensa que esto es un asco?”, “Las cosas deberían ser de otra manera” … Estos son algunos de los pensamientos boicoteadores que nos secuestran a lo largo del día. Quejas constantes, discusiones con la realidad que vivimos y una espiral de enfado, tristeza y desesperanza. ¿Dónde está la salida?

Una vez escuché decir a un gran maestro de Inteligencia Emocional que la queja sonaba como una olla exprés en descompresión, con la única diferencia de que esta primera no nos libera el estrés y la ansiedad que hay dentro de nosotros.

Tendemos a pensar que cuando nos quejamos, lo que hacemos es aliviar la tensión que hemos acumulado: creemos que si compartimos con los demás (o con nuestro propio diálogo interno) nuestra frustración, esta desaparecerá. Sin embargo, de lo que no somos conscientes es que la queja es una discusión, una discusión con la situación que la provoca, que lo único que hace es revivirla una y otra vez mentalmente y que, lejos de llevarnos a una solución, nos distrae, paraliza y enferma.

Imagina el siguiente escenario: una pareja está tomando un café y charlando sobre el uso de animales por parte de las principales empresas cosméticas. Ambos manifiestan su desacuerdo con las condiciones tan desfavorables a las que están sometidos estos animales inocentes, que no tienen la culpa de nada, y a los que se usa sin ninguna piedad con fines puramente comerciales. La conversación continúa. Ambos están francamente enfadados con estas multinacionales: “Solamente se mueven por dinero”, “Son unos desalmados egoístas que se creen superiores” ... Abren Internet y encuentran más y más noticias al respecto… La conversación no sólo continúa, sino que aumenta en intensidad: “Deberían sufrir ellos lo que les hacen a esos pobres animales” … Terminan el café.

Las empresas cosméticas siguen haciendo exactamente lo mismo, los animales siguen en las mismas condiciones y a ellos, lo más seguro, les ha sentado fatal el café.

Son cientos los ejemplos que podemos encontrar a lo largo de nuestro día. Evadimos nuestra responsabilidad y señalamos con el dedo, sin llegar a ninguna parte… Luchamos, vamos “en contra” de algo o alguien, en lugar de “a favor” de una causa positiva. Esto nos quita mucha energía, nos causa estrés y ansiedad, y nos provoca mucho dolor. Incluso me atrevería a decir que, en muchas ocasiones, provoca más sufrimiento la queja en sí que aquello a lo que se refiere. A lo mejor “te toca” asistir a una reunión incómoda (más bien, que es percibida como incómoda), pero si después pasas el resto del día quejándote de ella, entonces esa media hora que duraba, se ha convertido en 3 horas de queja en bucle (puede parecer que 3 horas de queja es exagerado, pero normalmente repasamos el discurso: con los compañeros de trabajo que han tenido la suerte de librarse, con nuestra pareja o familia al llegar a casa, con los amigos y, el resto del tiempo, con nosotros mismos). Hay un cuento budista que ilustra muy bien esta idea:

Un día, paseaban dos monjes budistas por un bosque y encontraron a una muchacha que quería cruzar un arroyo, pero no sabía nadar. Entonces uno de ellos la cogió en brazos y la llevó a la otra orilla. Continuaron paseando durante tres horas. De repente, el otro monje se giró, levantó la mirada y exclamó: “Perdona que interrumpa este paseo meditativo, pero es que no puedo aguantar. Nosotros tenemos un voto de celibato y no se nos permite tener contacto con las personas del sexo opuesto. Sin embargo, tú has ayudado a esa chica a cruzar el río, quebrantándolo”. El compañero, con una actitud serena y apaciguadora, respondió: “Tienes razón, amigo. Pero he de decirte que yo la cogí durante diez minutos, mientras que tú llevas cargando con ella tres horas”.

La queja no sólo provoca sufrimiento en el presente, sino también parálisis de cara al futuro, pues nos coloca en un estado, desde el que la acción eficaz es prácticamente imposible. De hecho, solo cabe preguntar: ¿acaso alguna vez te has sentido mejor después de una queja? ¿Alguna vez has cambiado realmente las cosas?

Si lo que quieres es perpetuar, revivir e intensificar una situación desagradable, entonces quéjate de ella. Pero si lo que quieres es solucionar, aportar y acabar con el sufrimiento, entonces es momento de que te plantees la siguiente pregunta…

¿Puedo hacer algo Ahora?

  • Sí, estoy en disposición de actuar en este momento.
  • Sí, pero no ahora. Debo agendarlo.
  • No.

Si la respuesta es “no”, entonces solo existe una forma de soltar la mochila: aceptando la situación. No significa “conformarse” con ella, dado que el conformismo sigue implicando dolor. La aceptación es mucho más que eso: aceptar algo significa dejar a un lado el “debería”, significa dejar de sufrir por algo sobre lo que no tienes ningún control y comenzar a enfocar tu energía en aquello que sí está en tu mano.

Permítete finalizar esa agotadora discusión con lo que Es porque “debería ser de otra manera” y da paso a la acción consciente, a la búsqueda de soluciones creativas y a la aceptación plena. Es la única manera de acabar con el sufrimiento innecesario y de comenzar a fluir contigo mismo y con la vida.

 

 Por Úrsula Calvo para

Europa Press

 

 

 

 

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