Mis conversaciones con Selma. Vivir las emociones



Hace unos días me encontré con una vecina y su hijo, un precioso niño de cinco años que estaba protagonizando una gran pataleta para el enorme disgusto de su madre. Ésta, después de muchos intentos para consolarle, preguntándole al niño por qué estaba enfadado en plena rabieta, no sabía qué hacer y se percibía una gran tensión entre ellos. Me comentaba que no sabía cómo lograr que su hijo fuera "normal", que no tuviera berrinches y que fuera obediente como el resto de los niños de su edad.

Realmente es fácil enfadarse, es una emoción necesaria, incluso, que ayuda a reaccionar cuando lo que ocurre está relacionado con la incoherencia entre esa situación y nuestros valores, creencias o incluso nuestra propia identidad. Lo difícil es hacerlo en el momento adecuado, con la intensidad justa, con la persona oportuna y en el contexto apropiado, como decía Aristóteles.

Cuando los padres quieren que sus hijos sean siempre buenos, disciplinados, educados... es algo completamente irreal. Todas las emociones son necesarias. Muchos estudios se basan en que hay seis emociones primarias, seis estados afectivos que surgen cuando se presenta una situación concreta. Cada emoción provoca en el cuerpo un conjunto de reacciones diferentes. Lo importante es elegir la emoción conveniente y en su justa medida. Ardua tarea. Un aprendizaje que puede durar toda la vida.

Por eso es básico que dediquemos tiempo a nuestros hijos y les permitamos vivir todas las emociones: la alegría, la tristeza, la sorpresa, el enfado, el amor y el asco, ayudándoles a hacerlo con el énfasis correspondiente. El intentar que no las demuestren no les impide sentirlas. Éste es un intento de sobreprotección que consigue justo el efecto contrario, ya que no les estamos preparando para utilizarlas en aquellas circunstancias de vida en las que las tengan que aplicar y, entonces, cuando les llegue el momento, no sepan gestionarlas por falta de uso.

Si quisiéramos aliviar a una mariposa el trabajo para salir de la crisálida, ayudándole a abrirla, no podría volar, ya que ese esfuerzo para romper esa membrana es lo que prepara las alas para que puedan aletear.

Eso mismo nos pasa con los hijos. Si les sobreprotegemos y les impedimos enfrentarse a sus emociones, estamos impidiendo que aprendan a gestionarlas.

¿Qué opinión tienes al respecto?

 

Por Paloma García Riera y Mijares

 Paloma García Riera

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Paloma García Riera y Mijares. Pedagoga. Coach de equipos y liderazgo sistémico. Mediadora en Comunicación No Violenta. Dilatada experiencia en Formación y Docencia. Coautora de la herramienta "El Árbol Mágico" o cómo alcanzar objetivos con la ayuda de tu Niño Interior. Apasionada de la capacidad de felicidad del ser humano y del potencial de las personas.