GRANDES VIVENCIAS DE PEQUEÑAS HISTORIAS II. "No te lo vas a creer...lo vas a vivir"



Hola, me llamo Lidia y esta es mi pequeña historia.

Me levanté frustrada una mañana de enero. Al día siguiente tenía una presentación muy importante para una gran compañía. Como publicista, siempre me ha encantado ir de aquí para allá y ver a muchas personas diferentes que afloran mi creatividad.

En ese momento ya meditaba desde hacía algunos meses. Si bien es cierto que, de cuando en cuando creía tener otras prioridades y posponía la práctica, ya era un imprescindible en mi vida tan vital como mi ritual nocturno de belleza. Meditar me había permitido ser más creativa y entusiasta. Y, desde luego, había traído cordura a mi mundo, ¡qué bastante falta le hacía!

Pese a que no era frecuente, de vez en cuando tenía (y sigo teniendo) un “mal día”, pero no le solía dar mucha importancia, porque después de los días grises venían otros rosas, y yo tenía paz. Sin embargo, ese día era diferente. Aun cuando creía en la importancia de esa presentación, sólo escuchaba una y otra vez el mismo pensamiento repetitivo en mi cabeza: “No me importa el resultado… No me importa nada en absoluto… Sólo quiero que acabe ya”.

“Vuelve al Ahora, Lidia. Vuelve al Ahora”, me repetía una y otra vez.

Pero ¡no funcionaba!

Eso no me había sucedido nunca. Siempre había encontrado en estas palabras un refugio, un alivio, una certeza. Pero en ese momento sólo me causaban aún más intranquilidad.

“Oh no… Ya vuelvo a los viejos andares… Ya sabía yo que esto a mí no me iba a durar mucho…”. “Ay no, otra vez estos pensamientos catastrofistas”. “Que sí, que estás mal, ¡no seas dramática Lidia!”.

Fui a la cocina a servirme algo para picar, algo que solía hacer cuando deseaba dejar de escuchar mis propios pensamientos.

Una hora… Dos horas… La sensación de intranquilidad y frustración aumentaban. ¿Qué podía hacer ahora?

Entonces decidí llamar a Pablo, mi compañero de trabajo, y también amigo del alma. Realmente lo siento así: es mi amigo “del alma”, porque siempre me ha acompañado desde que decidí embarcarme en el autodescubrimiento. Tenemos una aún más profunda amistad desde que juntos compartimos esos ratos de meditación e introspección; desde que puedo buscar su mirada cálida y cómplice cuando, en el trabajo, alguien viene a “perturbar mi paz” (cosa que, hasta hace no mucho, me parecía muy frecuente en la agencia).

Pablo siempre me da buenos consejos, y pensé: ¡seguro que él sabe lo que necesito!

  • ¿Sí? – escuché al otro lado del teléfono.
  • Pablo, ¡S.O.S! – dije desesperada – llevo todo el día frustrada con la presentación de mañana. Pero no sólo eso, creo que ya no me importa nada… Y esto de la meditación y el mindfulness, no sé… Es que ahora mismo lo veo todo nublado. ¿No se suponía que iba a saber manejar este tipo de situaciones?
  • Mmm… - suspiró - ¿A qué te refieres cuando dices “ya no me importa nada”?
  • Pues me refiero a que estoy desgastada. Se supone que tendría que estar nerviosa o entusiasmada por la dichosa presentación. ¡Tú sabes lo mucho que llevo esperando este momento! Pero justo ahora, ahora que lo veo tan cerca… Es que ya ni me importa. No me importa la presentación y no me importa nada de nada.
  • Ajá… Y, ¿tú quieres que te importe?
  • ¡Pues claro!
  • Ósea que, lo que quieres decir, es que te importa que no te importe.

Pablo tiene esa habilidad…

  • Pues sí, supongo…
  • Y te importa que no te importe porque le das mucha importancia a lo que se supone que es importante.
  • Pablo, me estás liando…
  • No, cielo. Te estás liando tú sola. “Se supone que tengo que saber manejar este tipo de situaciones”. “Se supone que esto tiene que importarme”. “Se supone que ahora tengo que estar nerviosa/entusiasmada”. Las únicas situaciones que puedes manejar son aquellas situaciones que existen, no las que “se suponen”. ¿Cómo te encuentras Ahora?
  • Pues… Inquieta.
  • ¿Y puedes sentir profundamente tu inquietud?

Tras un silencio, respondí:

  • Gracias Pablo, voy a dejar de darme esquinazo. Mañana te veo. Te quiero.

Colgué el teléfono. Me senté en el sofá, con una actitud profundamente abierta a mi inquietud. Y la sentí… Y esa inquietud se fue transformando… Hasta que se convirtió en energía, en vida.

Dormí profundamente esa noche. Al día siguiente, introduje un cambio en la presentación de último momento que la convertiría en lo que ahora es todo un éxito. La campaña se tituló: “No te lo vas a creer… Lo vas a vivir”.

Esta es mi gran vivencia de mi pequeña historia.

¿Cuál es la tuya? :)

 

Por Claudia Rodríguez

 

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