El otro día, mientras estaba impartiendo un taller, uno de los asistentes comentó que para llegar a ser maestro se necesitaba mucho tiempo y conocimientos. Le dije que no estaba de acuerdo. Que para mí todos somos maestros y aprendices en según qué cosas, ya que cada persona tiene algo valioso que ofrecer y algo que aprender.
Todos podemos aprender de las experiencias y perspectivas de los demás. Todos tenemos la posibilidad de compartir nuestros conocimientos y habilidades con otros y, de esta forma, creceremos y nos desarrollaremos mejor a través de la interacción y el intercambio con los demás.
Para esto es necesario adquirir una buena dosis de humildad, de empatía y de colaboración que nos recuerde que no hay una jerarquía fija para el aprendizaje y el crecimiento personal.
Muchas veces hemos aprendido algo valioso de alguien que no esperábamos que supiera tanto de un tema en concreto o nos ha dado la clave en alguna disyuntiva de nuestra vida. Del mismo modo que, en otras ocasiones, hemos enseñado algo a alguien que nos ha hecho sentir que dimos en la diana.
Por eso, reconocer la luz del otro activa tu propia luz. Cuando apreciamos y reconocemos la bondad, la belleza o cualquier otro valor en alguien más, eso puede tener un efecto positivo en nosotros mismos.
Al reconocer y apreciar la luz en los demás, nos sentiremos más conectados y unidos con ellos. Al mismo tiempo que nos inspiraremos y motivaremos para seguir creciendo interiormente y reflejar y amplificar nuestra propia luz interior.
Esto se relaciona con la idea de que la energía y la vibración son contagiosas, y que cuando nos rodeamos de personas con una actitud positiva, podemos beneficiarnos de ellas y avanzar con mejor talante. La sonrisa atrae sonrisa. Somos como espejos. Y al reflejarnos en esa expresión del otro, sonreiremos también con todos los beneficios que eso conlleva, como dice Mario Alonso Puig.
Y tú, ¿te sientes también maestro y aprendiz al mismo tiempo?






